¡Si solo es un juego!

¡Si solo es un juego!

Llegué a esa conclusión en agosto. Y que había que sonreír.

Me dispuse a buscar unos buenos actores para mi juego, pues sin gente para jugar no hay juego. Lo cierto es que me sentía solo, pero la compañía del recuerdo de una cación era capaz de arrancarme a duras penas, a muy duras, y muy penas, una sonrisa triste.

Al revisar las fotos de mi cámara aun encontraba las suyas desnuda, con los rayos de sol de la mañana deslizándose por su espalda tatuada. La virtud de las fotos es que no se pueden percibir las emociones de encontradas de aquellos momentos, queda solo la imagen de algo maravilloso, desvirtúan en cierta medida el pasado y su recuerdo, recuerdo tenaz que pone en riesgo el juego, a consta de la melancolía. Quedar parado era lo peor que podía hacer, salía el sol, se ponía el sol, y yo necesitaba jugar con intenso deseo.